El 20 de febrero de 2026, la Corte Suprema de Estados Unidos falló 6 a 3 contra el esquema arancelario de Donald Trump. La mayoría concluyó que la Ley de Poderes Económicos de Emergencia de 1977 no le otorgaba al presidente autoridad unilateral para imponer esos aranceles en la forma en que se habían aplicado. Era, en cualquier lectura objetiva, una derrota.
Trump salió a hablar de victoria.
Lo que siguió no fue una conferencia de prensa sobre comercio exterior. Fue una demostración de cómo un político construye realidad cuando la realidad no le conviene: atacar al árbitro, reencuadrar el marcador, trasladar el partido a un terreno donde las reglas las pone él. El discurso que dio ese día merece leerse no como declaración de intenciones sino como documento de poder. Porque eso fue, en esencia, lo que era.
Lo que pasó, sin adornos
La Corte bloqueó la vía de aranceles «de emergencia» que el gobierno había usado bajo la IEEPA. El argumento central de la mayoría era simple y jurídicamente sólido: los aranceles son, en su naturaleza, impuestos, y los impuestos son prerrogativa del Congreso. La delegación presidencial que la administración invocaba no llegaba tan lejos.
Trump respondió atacando a los magistrados de la mayoría por su nombre. Los llamó cobardes, lamebotas, una vergüenza para sus familias. Elogió a los tres disidentes. Y luego, sin presentar evidencia, lanzó una acusación que en cualquier otro contexto habría dominado el ciclo noticioso durante semanas: que la Corte había sido influenciada por intereses extranjeros.
A continuación anunció un arancel global del 10 por ciento usando la Sección 122 del Trade Act de 1974, medida temporal con un techo de 150 días, y la apertura de nuevas investigaciones bajo la Sección 301. Las herramientas de las Secciones 232 y 301 que el fallo no había tocado permanecerían intactas. Cambió la ruta. No el destino.
El mensaje real
La conferencia se puede resumir en una frase que Trump nunca pronunció exactamente así, pero que estructuró todo lo que sí dijo: «La Corte intentó frenarme. No puede. Voy a imponer aranceles igual, con herramientas más fuertes, y quien se oponga es anti-Estados Unidos.»
Ese fue el núcleo. Las menciones al Dow Jones, a ganadores del Nobel que habían errado sus predicciones, a primeros ministros extranjeros que supuestamente lo elogiaban, a guerras que los aranceles habrían detenido: todo era decoración al servicio de ese marco.
Trump estaba mandando cuatro mensajes a la vez, a cuatro audiencias distintas. A la Corte: aquí no termina nada. A los socios comerciales: la presión arancelaria continúa, calculen en consecuencia. A su coalición política: hay un enemigo, y yo peleo contra él por ustedes. A los mercados: esto no es un colapso; es una reconfiguración.
Ninguno de esos mensajes requería que el contenido fuera verdadero. Requería que fuera creíble.
Cómo se construye una derrota que parece victoria
Trump armó su relato en una secuencia que vale la pena desmontar porque se repite con variaciones en cada crisis que enfrenta.
Primero, identificó a los villanos: ciertos jueces, los demócratas, los «rhinos», la prensa de noticias falsas. Segundo, se presentó a sí mismo como víctima que había actuado con moderación. «Quería ser buen chico», dijo, con esa ironía performativa que su base lee como fuerza y sus críticos como cinismo. Tercero, introdujo evidencia selectiva: cifras de mercado, récords, declaraciones de figuras que no estaban en la sala para ser interrogadas. Cuarto, ejecutó el giro central: esto en realidad me hace más poderoso. La derrota se convierte en habilitación. Quinto, anunció el siguiente movimiento como si fuera una escalada elegida, no una retirada forzada.
Es una estructura diseñada para televisión: conflicto moral nítido, héroe en desventaja, evidencia suficiente para quien ya cree, victoria final que llega antes de que termine el segmento.
Las trampas del discurso
Conviene ser preciso: no todo lo que Trump dijo era falso. Algunos aranceles sí habían producido presión negociadora. Algunos flujos de fentanilo sí habían cambiado. El problema no es la falsedad; es que el andamiaje argumentativo está construido para impedir verificación y forzar adhesión emocional.
Cuando dijo que la Corte había sido influenciada por intereses extranjeros «y lo van a saber», estaba haciendo algo específico: introducir una acusación gravísima en forma de insinuación, dejando la carga de la prueba suspendida en el aire. Reuters lo documentó explícitamente: la afirmación no tenía evidencia presentada. Pero una vez dicha, existe. Circula. Trabaja.
Cuando presentó la situación como absurda, «puedo destruir el país con un embargo pero no puedo cobrar un dólar», estaba ignorando deliberadamente el punto constitucional central: que el Congreso no le había delegado esa autoridad específica bajo esa ley específica. La Corte no dijo que no pudiera imponer aranceles; dijo que esa vía en particular excedía lo que el Congreso había autorizado.
Y cuando repitió «certeza» como mantra, como si el anuncio de nuevas rutas legales resolviera la ambigüedad, estaba ofreciendo exactamente lo contrario de lo que prometía. La transición de IEEPA a la Sección 122 abre nuevos plazos, nuevos expedientes, nuevos litigios. El tema de los reembolsos, los montos ya recaudados bajo el esquema bloqueado, no quedó resuelto ese día y abre una batalla legal cuyos contornos aún no están claros. La incertidumbre no desapareció; cambió de forma.
La consecuencia que nadie quiere nombrar
Hay una consecuencia institucional en lo que Trump hizo ese día que va más allá del debate arancelario y que debería preocupar independientemente de la posición que uno tenga sobre el comercio exterior.
Cuando un presidente ataca a la Corte Suprema no por sus argumentos jurídicos sino por la integridad moral de sus integrantes, y cuando lo hace insinuando que fueron comprados o influenciados por potencias extranjeras, está haciendo algo que tiene un costo que no aparece en ningún balance: erosiona la posibilidad de que cualquier fallo futuro sea aceptado como decisión de un árbitro neutral. Si la Corte es un actor político «enemigo» cuando falla en contra, su autoridad como institución se debilita de manera acumulativa. Eso no es un problema de un partido. Es un problema del sistema.
Lo que esto significa más allá de Washington
Para Panamá, y para cualquier economía construida sobre conectividad y logística, el resultado práctico de ese día no es el fallo en sí sino la señal que lo rodea: el régimen arancelario se reconfigura, no se retira.
Un arancel global del 10 por ciento aplicado sobre y por encima de las tarifas existentes aumenta los costos de importación hacia Estados Unidos. Eso altera decisiones de inventario, de ruta, de origen. Para una economía que vive de ser nodo entre flujos comerciales, la previsibilidad es oxígeno. Y lo que el discurso de Trump ofreció ese día, bajo la palabra «certeza», fue en realidad una nueva capa de variables: plazos de 150 días, investigaciones en curso, litigios sobre reembolsos, potenciales contramedidas de socios comerciales.
Las empresas que mueven carga no necesitan saber exactamente cuánto costarán los aranceles. Necesitan saber que las reglas no cambiarán cada trimestre. Eso es lo que ese día no se resolvió.
Lo que fue, en el fondo, esta conferencia
Trump no estaba informando. Estaba gobernando por señal, exactamente como hace cualquier ejecutivo que entiende que el poder no es solo lo que puedes hacer sino lo que los demás creen que puedes hacer.
La conferencia del 20 de febrero cumplió su función dentro de esa lógica: impidió que el fallo de la Corte fuera leído como el fin de la era arancelaria. Mantuvo la presión sobre socios comerciales. Disciplinó a aliados internos. Y activó en la base política ese mecanismo tan conocido de cohesión por amenaza externa.
Si funcionó o no dependerá de lo que ocurra en los próximos 150 días: qué dice exactamente el texto del arancel bajo la Sección 122, qué países y sectores apuntan las investigaciones 301, cómo responden los socios comerciales, y qué deciden los tribunales sobre el dinero ya recaudado.
Pero hay algo que ya ocurrió y que ningún litigio puede revertir: ese día, frente a las cámaras, el presidente de Estados Unidos acusó a la Corte Suprema de haber sido comprada por intereses extranjeros. Lo dijo sin pruebas. Lo dejó flotando. Y la mayoría de los titulares del día siguiente hablaban de aranceles.
Eso también fue parte del plan.
