El simbolismo supera a la estrategia
La intervención del presidente de Panamá José Raúl Mulino, en el Foro Económico Internacional de América Latina y el Caribe, organizado por CAF, se produjo en un contexto regional e internacional marcado por fragmentación política, tensiones geopolíticas crecientes y un cuestionamiento abierto al orden multilateral surgido tras la Segunda Guerra Mundial. Aunque no se trató de una cumbre oficial, el foro reunió a jefes de Estado, responsables de política pública, organismos financieros y actores con capacidad real de influir en flujos de inversión, cooperación e integración regional.
En este tipo de escenarios, un discurso presidencial no cumple una función ceremonial. Es, ante todo, un acto de comunicación estratégica. Su audiencia no se limita a los asistentes presenciales: incluye cancillerías, mercados, organismos multilaterales, medios internacionales y, de manera indirecta, a la opinión pública doméstica. Cada concepto utilizado -y cada omisión- proyecta una lectura del mundo y una posición del Estado que representa.
Este análisis examina el discurso desde una perspectiva de comunicación política y estratégica, atendiendo a cinco dimensiones: los objetivos implícitos del mensaje, los marcos narrativos empleados, sus principales debilidades estructurales, los atajos retóricos utilizados y las oportunidades de mejora para futuras intervenciones de alto nivel.
Objetivos comunicacionales implícitos
Más allá del tono cordial y del lenguaje inclusivo, el discurso persiguió al menos cuatro objetivos simultáneos.
En primer lugar, buscó reposicionar a Panamá como actor geopolítico relevante, más allá de su tamaño o peso demográfico. La reiterada referencia a su ubicación, a su infraestructura logística y a su rol en el comercio global apunta a elevar la imagen del país desde la de un hub de servicios hacia la de un nodo estratégico indispensable.
En segundo término, el presidente procuró reafirmar credenciales económicas ante audiencias internacionales, subrayando su adhesión a la libre economía, la cooperación público-privada y el comercio internacional. El mensaje estuvo claramente dirigido a inversionistas y organismos financieros: Panamá aspira a ser percibido como un socio predecible, abierto y alineado con las reglas del sistema económico global.
Un tercer objetivo fue proyectar liderazgo regional a través de la integración. La insistencia en la necesidad de que América Latina actúe como bloque responde a una narrativa conocida, pero eficaz desde el punto de vista simbólico: solo la unidad permitiría a la región ganar peso en un escenario internacional dominado por grandes potencias.
Finalmente, el discurso buscó validar la política exterior panameña mediante el reconocimiento mutuo, dedicando un espacio significativo a mencionar y elogiar a distintos mandatarios presentes. Este recurso apunta a reforzar la idea de que Panamá no actúa en soledad, sino integrado en una red de relaciones regionales activas.
Marcos narrativos y mensajes centrales
El discurso se articula en torno a una serie de mensajes clave relativamente coherentes entre sí:
Panamá se presenta como anfitrión legítimo del diálogo regional; América Latina es descrita como una región rica en recursos pero carente de cohesión política efectiva; el orden internacional es caracterizado como una transición desde el idealismo hacia una diplomacia más realista; y Panamá es ubicado como un país que ya vive esa tensión geopolítica debido a su posición estratégica.
A ello se suma una afirmación reiterada: Panamá no compite con sus vecinos, sino que complementa sus economías. Esta idea busca disipar suspicacias regionales y reforzar una imagen de neutralidad funcional.
El problema no radica en el contenido de estos mensajes, sino en su nivel de abstracción. El discurso privilegia formulaciones generales, con escaso anclaje en políticas concretas o mecanismos verificables. Para una audiencia internacional especializada, esta falta de especificidad reduce el impacto persuasivo del mensaje.
Debilidades estructurales del discurso
Una de las principales debilidades es el desequilibrio narrativo. El segmento dedicado a saludos diplomáticos y reconocimientos personales ocupa un espacio considerable sin aportar densidad analítica. Si bien este tipo de menciones es habitual en foros multilaterales, su extensión y el énfasis selectivo introducen señales políticas que no siempre están justificadas estratégicamente.
La mención al presidente electo de Chile, José Antonio Kast, es correcta desde el punto de vista institucional. Sin embargo, su inclusión destacada -al igual que la de otros líderes- carece de un criterio explícito que permita entender por qué algunos países reciben mayor atención que otros. En diplomacia, los énfasis nunca son neutros: comunican afinidades, prioridades y posibles alineamientos.
Otra debilidad relevante es la ambigüedad conceptual en temas de alto calibre. La referencia a una eventual aspiración latinoamericana a contar con miembros permanentes en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas se presenta sin un análisis de viabilidad política o institucional. Dado que dicho órgano responde a una arquitectura de poder rígida basada en veto y correlación de fuerzas, la afirmación se percibe más como un deseo normativo que como una propuesta estratégica.
El discurso también mezcla de manera constante diagnóstico y prescripción. Identificar las asimetrías regionales no equivale a proponer soluciones, y describir un mundo fragmentado no sustituye el diseño de una estrategia para navegarlo. Esta confusión de planos debilita la claridad del mensaje.
Atajos retóricos y simplificaciones
Desde el punto de vista argumentativo, el discurso recurre a varios atajos retóricos.
En primer lugar, presenta a América Latina como un bloque potencialmente homogéneo, obviando diferencias estructurales profundas en términos políticos, económicos e ideológicos. Esta generalización facilita la narrativa, pero reduce su realismo.
En segundo lugar, apela a la experiencia profesional del propio presidente como elemento de autoridad. Si bien la trayectoria personal aporta contexto, no reemplaza el análisis sistémico ni la evidencia empírica, especialmente en foros de alto nivel.
Finalmente, plantea una dicotomía simplificada entre idealismo y realismo en la política internacional. En la práctica, el sistema global opera en zonas híbridas donde ambos enfoques coexisten y se superponen.
Expectativas creadas y riesgos implícitos
El discurso genera expectativas en tres frentes: mayor integración regional, mayor peso político de América Latina y mayor centralidad estratégica de Panamá. El riesgo es que estas expectativas no vienen acompañadas de mecanismos claros, plazos definidos ni costos explícitos.
En comunicación estratégica, toda expectativa sin hoja de ruta se convierte en un pasivo reputacional. Para audiencias internacionales, la credibilidad no se construye solo con visión, sino con capacidad de ejecución demostrable.
Oportunidades de mejora
Una intervención de esta naturaleza habría ganado fuerza con menos retórica y más arquitectura estratégica. La inclusión de uno o dos ejemplos concretos de cooperación regional -en energía, logística o integración comercial- habría anclado el discurso en la realidad.
Asimismo, separar con mayor claridad el plano simbólico del operativo permitiría reforzar ambos. La fraternidad diplomática tiene valor, pero no sustituye la política pública.
Finalmente, el discurso habría sido más efectivo si definiera con mayor precisión el rol que Panamá desea proyectar: facilitador técnico, hub neutral o actor político regional. Intentar ser todo a la vez diluye la narrativa.
Conclusión
El discurso del presidente de Panamá ante el Foro Económico Internacional partía de una posición favorable: un escenario adecuado, una audiencia relevante y activos estratégicos reales. Sin embargo, el exceso de generalidades, la falta de precisión operativa y una retórica más aspiracional que estratégica limitaron su impacto.
No se trató de una intervención fallida, sino de una oportunidad parcialmente subutilizada. En el actual contexto internacional, decir lo correcto ya no es suficiente. La eficacia comunicacional exige precisión, jerarquía estratégica y pleno dominio del tablero.
Panamá dispone de ventajas reales. El desafío pendiente es articular una narrativa presidencial capaz de administrarlas con la misma disciplina con la que el país gestiona su principal activo estratégico.
