El 10 de febrero de 2026, Presidencia publicó una nota que, a primera vista, parece rutinaria: el presidente José Raúl Mulino se reunió con miembros del Consejo Nacional de Relaciones Exteriores; conversaron sobre la agenda internacional y sobre una «estrategia» para fortalecer la capacidad logística del istmo y consolidar el posicionamiento regional del país. Luego viene la frase que define todo el texto: los miembros del Consejo «apoyaron la gestión» del presidente y «resaltaron» su política internacional. Y, como cierre, una lista de asistentes con nombres de alto reconocimiento nacional.
Si usted lee esto como noticia, se queda corto. Esto no es un informe: es una pieza de señalización política, diseñada para producir un efecto en la percepción pública sin exponerse a la verificación de hechos. En otras palabras, es un comunicado para sembrar certeza, no para entregar evidencia.
La pregunta relevante no es si se reunieron; se reunieron. La pregunta relevante es: ¿para qué se publica así, con esta selección de palabras, con estos nombres y con este nivel de vaguedad? La respuesta revela el tipo de gobierno que se intenta construir: uno que busca legitimidad por asociación y margen de maniobra por ambigüedad.
Lo que el comunicado dice, sin maquillaje
El texto afirma tres cosas, y lo demás es relleno diplomático. Primero, que la política exterior de Mulino se ordena alrededor de logística y «posicionamiento regional», presentada no como una diplomacia de valores sino como política funcional a ventajas competitivas. Segundo, que el presidente tiene respaldo de un órgano asesor de «notables», con énfasis explícito en que «apoyaron la gestión» y «resaltaron» la política internacional. Tercero, que el Gobierno busca credenciales públicas a través de nombres: en la lista aparecen, entre otros, la expresidenta Mireya Moscoso y el exadministrador del Canal Alberto Alemán Zubieta, lo cual no es un detalle sino el mecanismo central del mensaje.
Si lo traducimos a una sola línea: «Panamá está conduciendo su política exterior como plataforma logística regional, y esa ruta cuenta con respaldo de personas con autoridad y trayectoria.»
Qué expectativas intenta fabricar y para quién
Un comunicado no solo informa; programa expectativas. Hay tres audiencias con lecturas distintas.
Para actores externos, la palabra «Consejo» opera como sello de continuidad. Es la forma elegante de decir que esto no depende del humor del día, que hay consulta y gente seria respaldando. Esa señal se vuelve más útil cuando se combina con la narrativa económica que Presidencia empuja en la misma ventana de fechas, incluyendo mensajes sobre respaldo del BID y estabilidad macroeconómica. No es casual que el énfasis sea en «ventajas competitivas» y «actividades del país»: lenguaje de competitividad, no de filosofía.
Para la política doméstica, el comunicado evita todos los temas sensibles que suelen generar controversia en política exterior panameña: migración, listas de la Unión Europea, alineamientos geopolíticos, relación con China, Canal. Esa omisión no es inocente; reduce fricción y deja al Ejecutivo con margen para moverse sin amarrarse públicamente a una agenda específica. Esto contrasta con comunicados previos sobre el mismo Consejo, en los que sí se listan asuntos concretos: Mercosur como Estado Asociado, migración por Darién, interconexión eléctrica con Colombia, semiconductores. El cambio de estilo sugiere una decisión táctica: cuando el entorno se vuelve más complejo, se comunica menos contenido verificable y más «marco» aspiracional.
Para la opinión pública en general, la lista de asistentes funciona como argumento silencioso. En sociedades con fatiga institucional, el ciudadano promedio no evalúa política exterior por detalles técnicos sino por símbolos: quién está, qué nombres aparecen, si suena a orden o a improvisación. El Gobierno busca que el lector concluya «esto está en manos competentes» sin pedir evidencia.
El resultado esperado
El resultado esperado no es que el público aprenda algo nuevo sino consolidar un marco de interpretación que le sirva al Ejecutivo en los próximos movimientos. Hay un dato temporal importante: dos días después de esta reunión, Presidencia publica que Mulino recibió notificación oficial para participar en una reunión de jefes de Estado convocada por Donald Trump para el 7 de marzo en Miami, con discusión sobre temas geopolíticos en el continente.
En ese contexto, la reunión previa con el Consejo cumple varias funciones a la vez. Ofrece blindaje reputacional: si surge controversia por una postura, hubo consulta. Envía una señal externa: Panamá llega con preparación y respaldo, no improvisa. Y controla el relato interno: lo internacional se maneja como estrategia, no como ocurrencia. El comunicado funciona como ancla que fija la idea de que la política exterior de Mulino tiene brújula y tiene validadores.
El propósito real: legitimidad por transferencia y ambigüedad como escudo
Este texto no intenta demostrar eficacia; intenta transferir legitimidad. Lo hace apelando a dos fuentes: la autoridad institucional del «Consejo Nacional de Relaciones Exteriores», que suena a Estado y a formalidad, y la autoridad reputacional de Moscoso y Alemán Zubieta, asociados al Estado y al Canal respectivamente. Cuando un gobierno no muestra decisiones concretas, compensa mostrando quiénes lo avalan. Es un recurso clásico: no necesariamente ilegítimo, pero sí revelador.
El comunicado también está lleno de conceptos que no se pueden auditar: «agenda internacional», «importancia y futuro de la estrategia», «fortalecer capacidad logística», «consolidar posicionamiento regional», «lazos estratégicos a nivel mundial», «potenciar ventajas competitivas». La vaguedad tiene una ventaja política clara: nadie puede estar en desacuerdo, porque no se propone nada concreto. Y si no hay propuesta, no hay costo.
Lo que el comunicado evita decir
Si usted quisiera evaluar política pública, necesitaría saber cuáles son las prioridades geográficas y temáticas, qué se acordó hacer, quién ejecuta, cuándo y con qué criterio de éxito. Nada de eso aparece.
La comparación con diciembre de 2024 es ilustrativa: en aquel comunicado sí había funciones del Consejo y sí había temas específicos discutidos. ¿Qué cambió? No es que el Gobierno olvidó cómo informar. Lo más probable es que cambió el incentivo: cuando el entorno se aproxima a eventos geopolíticos de mayor exposición, la comunicación se vuelve más defensiva y menos comprobable.
Falacias y recursos retóricos
Identificar estos mecanismos no equivale a acusar mentira; equivale a señalar cómo se sustituye evidencia por autoridad.
El texto apela a la autoridad de los miembros del Consejo para pedir que el lector acepte la calidad de la política exterior, no porque se muestren resultados sino porque «ellos» la respaldan. Usa términos elásticos que suenan técnicos pero no comprometen a nada, lo cual produce consenso barato: cada lector proyecta lo que quiere oír. Afirma que la política exterior está «orientada a potenciar ventajas competitivas» sin mencionar un solo instrumento, acuerdo o plan asociado. Y al presentar el apoyo del Consejo como hecho central, induce una lectura social implícita: si el Consejo apoya, lo correcto es apoyar. Consenso narrado, no deliberación.
La lógica detrás del texto
Esta comunicación responde a incentivos concretos. Dar detalles crea riesgo: si se dice «haremos X», mañana preguntan por qué no se hizo. Si no se dice nada específico, el debate se desplaza a terreno simbólico donde la evaluación es subjetiva. La proximidad de la reunión convocada por Trump introduce otro factor: cualquier señal de postura puede provocar reacciones internas y externas, así que el Gobierno necesita poder moverse sin haber comprometido públicamente una agenda exacta. Finalmente, el comunicado conecta con el marco de «Panamá como nodo de integración, logística e inversión» que organismos multilaterales también impulsan, lo que le permite beneficiarse de esa credibilidad prestada.
Lo que logra y lo que arriesga
Desde la óptica del poder, el comunicado es eficiente: proyecta orden, proyecta respaldo, evita costos. No hay promesas medibles, no hay flancos abiertos.
Desde la óptica de la confianza ciudadana, el costo es otro. Cuando se repite «estrategia» sin mostrar plan, la palabra se devalúa. Si la política exterior no se explica, la ciudadanía llena el vacío con especulación. Y la validación por «notables» puede leerse como seriedad o como desconexión social, según el clima del país.
Qué faltaría para que esto fuera rendición de cuentas
Sin exigir secretos diplomáticos, un comunicado de calidad pública podría incluir al menos tres prioridades concretas sin entrar en detalles sensibles, un próximo paso verificable aunque sea un producto o calendario, un criterio de éxito con horizonte definido, y algún reconocimiento de que existen tensiones reales entre competitividad y estándares, entre migración y obligaciones, entre alineamientos y autonomía. Nada de eso está en el texto del 10 de febrero. El ciudadano no recibe información suficiente para evaluar; solo para sentir tranquilidad.
Conclusión
La nota «Mulino se reúne con miembros del Consejo de Relaciones Exteriores» cumple una función clara: construir legitimidad sin comprometerse a detalles, y anclar la política exterior de Mulino a una idea vendible, la de logística y posicionamiento regional, con respaldo prestado del Consejo y los nombres que lo integran.
En el corto plazo, esta fórmula funciona: baja ruido, sube percepción de orden y deja margen de maniobra ante eventos geopolíticos próximos. En el mediano plazo, si el Gobierno convierte la política exterior en una sucesión de comunicados con adjetivos y sin sustancia verificable, la confianza pública se vuelve frágil. Y cuando lleguen decisiones impopulares, el ciudadano recordará que se le pidió fe, no se le entregó explicación.
La gobernabilidad no se sostiene solo con señales. La señal puede abrir la puerta; la evidencia es lo que mantiene el edificio en pie.
