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Qué es el MERCOSUR y por qué todavía importa

May 25, 2026
Ilustración minimalista de un mapa de Sudamérica con Brasil, Argentina, Paraguay y Uruguay resaltados en tonos azules, conectados por líneas que representan integración regional, comercio e intercambio económico dentro del MERCOSUR.
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Tabla de contenidos

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  • Una idea sencilla con una ejecución compleja
  • El origen de una apuesta regional
  • Qué significa ser miembro pleno, Estado Asociado u otra forma de vinculación
  • Cómo funciona el MERCOSUR
  • Qué tan real es el libre comercio dentro del bloque
  • Logros que no deben subestimarse
  • Las contradicciones del proyecto
  • El acuerdo con la Unión Europea y sus obstáculos
  • MERCOSUR y Alianza del Pacífico: dos lógicas distintas
  • El lugar del MERCOSUR en la geopolítica actual
  • Los retos de la próxima década
  • Por qué no es una Unión Europea sudamericana
  • La importancia educativa de entender el MERCOSUR
  • Una promesa todavía abierta

El MERCOSUR nació como una promesa de integración económica entre países sudamericanos. Más de tres décadas después, sigue siendo uno de los proyectos regionales más relevantes de América Latina: ambicioso en sus objetivos, incompleto en sus resultados y revelador de las tensiones históricas entre apertura comercial, soberanía nacional y proteccionismo.

Una idea sencilla con una ejecución compleja

El Mercado Común del Sur, conocido como MERCOSUR, es un proceso de integración regional creado inicialmente por Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay. Su propósito original fue construir un espacio económico común que permitiera ampliar el comercio, facilitar inversiones, coordinar políticas comerciales y fortalecer la posición internacional de sus miembros. En términos simples, el MERCOSUR buscaba que sus países dejaran de actuar como economías aisladas y comenzaran a funcionar, al menos parcialmente, como un bloque.

La idea parecía clara: si los países vecinos comerciaban más entre sí, reducían barreras, coordinaban reglas y negociaban juntos frente al mundo, podrían ganar escala económica y poder político. Para economías medianas o dependientes de materias primas, la integración ofrecía una promesa atractiva: más mercado, más industria, más inversión y mayor capacidad de negociación internacional.

Pero el MERCOSUR nunca ha sido una simple zona de libre comercio. Su nombre mismo habla de una aspiración mayor: crear un “mercado común”. Eso implica algo más profundo que vender productos con menos aranceles. Supone avanzar hacia la libre circulación de bienes, servicios y factores productivos, adoptar un arancel externo común frente a terceros países y coordinar políticas comerciales. Esa ambición está en el corazón del Tratado de Asunción, firmado en 1991.

La dificultad aparece precisamente allí. Integrar economías exige algo más que voluntad política. Requiere confianza, reglas estables, instituciones funcionales, mecanismos de solución de controversias, disciplina comercial y capacidad de ceder parte del margen nacional de decisión. En América Latina, donde los ciclos políticos cambian con frecuencia y las economías tienen estructuras productivas muy distintas, esa tarea ha sido especialmente difícil.

El origen de una apuesta regional

El MERCOSUR nació formalmente el 26 de marzo de 1991 con la firma del Tratado de Asunción. Sus fundadores fueron Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay. El contexto histórico es importante: América Latina venía de décadas marcadas por dictaduras, conflictos políticos, crisis de deuda, inflación y modelos económicos cerrados. A finales de los años ochenta y comienzos de los noventa, muchos países de la región buscaban estabilizar sus economías, abrir mercados y construir nuevos mecanismos de cooperación.

La relación entre Argentina y Brasil fue el eje político del proyecto. Durante buena parte del siglo XX, ambos países se miraron con rivalidad. La integración económica ayudó a transformar esa relación en una asociación estratégica. El MERCOSUR no fue solo un instrumento comercial. También fue una forma de consolidar confianza política entre las dos mayores economías del Cono Sur.

El bloque intentaba resolver varios problemas a la vez. Primero, el tamaño limitado de los mercados nacionales. Segundo, la debilidad de la región frente a grandes potencias comerciales. Tercero, la baja densidad del comercio intrarregional. Cuarto, la necesidad de modernizar economías que dependían demasiado de productos primarios o mercados externos específicos.

La lógica era comprensible. Una empresa argentina podía encontrar en Brasil un mercado mucho mayor. Una industria brasileña podía expandirse hacia Paraguay o Uruguay. Los países pequeños podían beneficiarse del acceso preferencial a economías más grandes. Y el conjunto podía negociar con terceros actores desde una posición más sólida.

Sin embargo, desde el inicio hubo una tensión estructural: el MERCOSUR quería ser mercado común, pero sus miembros no siempre estaban dispuestos a actuar como si realmente lo fueran.

Qué significa ser miembro pleno, Estado Asociado u otra forma de vinculación

La categoría más importante dentro del MERCOSUR es la de Estado Parte o miembro pleno. Los Estados Partes participan en los órganos decisorios, asumen el acervo normativo del bloque, forman parte de la unión aduanera y deben incorporar sus reglas principales. Según la página oficial del MERCOSUR, los Estados Partes fundadores son Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay; Bolivia figura como nuevo Estado Parte, con un plazo de hasta cuatro años desde la entrega de su instrumento de ratificación en julio de 2024 para incorporar el acervo normativo del bloque.

Venezuela también aparece como Estado Parte, pero con una aclaración esencial: se encuentra suspendida en todos los derechos y obligaciones inherentes a esa condición, de acuerdo con el Protocolo de Ushuaia sobre compromiso democrático. Por tanto, no debe presentarse como un miembro activo en igualdad de condiciones con los demás.

La segunda categoría relevante es la de Estado Asociado. Los Estados Asociados son países que tienen acuerdos comerciales o de complementación con el MERCOSUR y pueden participar en reuniones de órganos del bloque cuando se traten temas de interés común, pero no tienen la misma capacidad de decisión que los Estados Partes. La página oficial del MERCOSUR enumera como Estados Asociados a Chile, Colombia, Ecuador, Guyana, Panamá, Perú y Surinam.

La diferencia es importante. Un miembro pleno participa en la estructura central del bloque y debe asumir obligaciones profundas. Un Estado Asociado mantiene una relación de vinculación, cooperación y preferencias comerciales, pero no se integra plenamente a la unión aduanera ni participa con el mismo peso en las decisiones centrales. En cuanto a la figura de “observador”, puede aparecer en lenguaje diplomático o periodístico, pero la clasificación institucional destacada por el sitio oficial del MERCOSUR se concentra en Estados Partes y Estados Asociados.

Cómo funciona el MERCOSUR

El MERCOSUR no es una institución supranacional al estilo de la Unión Europea. Su estructura es intergubernamental. Eso significa que las decisiones dependen de los gobiernos nacionales y, en la práctica, del consenso político entre los Estados Partes. No existe una autoridad regional con poder equivalente al de la Comisión Europea, ni un parlamento regional con capacidad legislativa comparable al Parlamento Europeo.

El Protocolo de Ouro Preto organizó la estructura institucional del bloque. Según el organigrama oficial, los órganos con capacidad decisoria son tres: el Consejo del Mercado Común, el Grupo Mercado Común y la Comisión de Comercio del MERCOSUR.

El Consejo del Mercado Común es el órgano superior. Le corresponde la conducción política del proceso de integración y la toma de decisiones para cumplir los objetivos del Tratado de Asunción. Está integrado por los ministros de Relaciones Exteriores y de Economía, o sus equivalentes, de los Estados Partes. Sus decisiones son obligatorias para los miembros.

El Grupo Mercado Común es el órgano ejecutivo. Coordina la implementación de decisiones, organiza grupos técnicos y da seguimiento a la agenda del bloque. Está integrado por representantes de los ministerios de Relaciones Exteriores, Economía y los bancos centrales de los países miembros. Sus resoluciones también son obligatorias.

La Comisión de Comercio del MERCOSUR se ocupa de los asuntos comerciales y aduaneros. Su función es seguir la aplicación de los instrumentos de política comercial común, revisar temas vinculados al comercio intrabloque y tratar asuntos relacionados con terceros países. En otras palabras, es uno de los espacios donde se administra la dimensión más concreta del mercado común: reglas, aranceles, comercio y funcionamiento de la unión aduanera.

Esta estructura permite coordinación, pero también genera lentitud. Como el bloque depende de la voluntad de los gobiernos, cada cambio político nacional puede alterar el ritmo de la integración. Cuando los presidentes coinciden ideológicamente o comparten prioridades económicas, el bloque avanza. Cuando hay diferencias fuertes, se estanca.

Qué tan real es el libre comercio dentro del bloque

El MERCOSUR logró avances importantes en la reducción de barreras comerciales entre sus miembros. También adoptó un arancel externo común, es decir, una tarifa compartida para productos importados desde fuera del bloque. En teoría, esto permite que los países miembros actúen como una unión aduanera: eliminan buena parte de los obstáculos internos y aplican una política comercial común hacia terceros.

En la práctica, el sistema es más imperfecto. Hay excepciones al arancel externo común, regímenes especiales, diferencias sectoriales, barreras no arancelarias, trámites regulatorios y medidas nacionales que reducen la fluidez del comercio. El bloque ha tenido que convivir con listas de productos exceptuados del arancel común, lo que muestra que la unión aduanera existe, pero no de manera plenamente homogénea. En 2025, por ejemplo, los países del MERCOSUR acordaron ampliar las listas de excepciones al arancel externo común, una señal de flexibilidad, pero también de integración incompleta.

Esto revela uno de los dilemas centrales del MERCOSUR: sus miembros quieren los beneficios de un mercado ampliado, pero también desean proteger sectores sensibles. Argentina y Brasil, por su tamaño industrial, suelen tener preocupaciones distintas a las de Paraguay y Uruguay, que buscan mayor flexibilidad para abrirse al mundo. La integración, entonces, funciona como una negociación permanente entre apertura y protección.

El libre comercio dentro del MERCOSUR es real en muchos ámbitos, pero no absoluto. El bloque ha facilitado comercio, inversión y coordinación. Sin embargo, no ha eliminado todas las fricciones. Para muchas empresas, vender dentro del MERCOSUR sigue siendo más sencillo que vender fuera de él. Para otras, las regulaciones, los cambios de política y las trabas administrativas siguen siendo obstáculos relevantes.

Logros que no deben subestimarse

Sería un error describir al MERCOSUR como un fracaso. El bloque ha creado un marco estable de diálogo político y económico entre países que antes competían con mayor desconfianza. Ha facilitado comercio intrarregional, ha generado normas comunes, ha permitido acuerdos externos y ha mantenido viva la idea de que América Latina necesita integrarse para tener más peso en el mundo.

Uno de sus logros más importantes es político: la relación entre Argentina y Brasil cambió de manera profunda. La integración ayudó a reducir rivalidades históricas y construyó una lógica de cooperación. En una región donde los proyectos regionales suelen fragmentarse, el MERCOSUR ha sobrevivido durante más de tres décadas. Esa persistencia tiene valor institucional.

También ha servido como plataforma de negociación externa. El caso más visible es el acuerdo con la Unión Europea. Según la Comisión Europea, el acuerdo comercial UE–MERCOSUR se aplica provisionalmente desde el 1 de mayo de 2026 y crea una zona comercial de alrededor de 700 millones de personas. El acuerdo involucra a la Unión Europea y al bloque sudamericano conformado por Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay, y reduce barreras comerciales en sectores industriales, agrícolas, servicios, compras públicas y otras áreas.

Ese acuerdo demuestra que el MERCOSUR todavía tiene capacidad de relevancia global. Durante años fue presentado como una negociación interminable. Su aplicación provisional muestra que, pese a sus limitaciones, el bloque puede ser un interlocutor importante para actores económicos de primer orden.

Las contradicciones del proyecto

El principal problema del MERCOSUR es que su ambición institucional ha sido mayor que su capacidad política de ejecución. Quiere ser mercado común, pero funciona muchas veces como una unión aduanera incompleta. Quiere negociar unido, pero sus miembros tienen prioridades nacionales divergentes. Quiere proteger sectores productivos, pero también necesita abrir mercados. Quiere ser plataforma de integración regional, pero depende demasiado de las coyunturas políticas de sus gobiernos.

Brasil y Argentina son el centro de gravedad. Brasil aporta escala económica, peso demográfico y capacidad industrial. Argentina aporta mercado, producción agroindustrial, historia diplomática y una tradición de política regional activa. Sin embargo, cuando las prioridades de ambos países divergen, el bloque se resiente. Si Brasil busca apertura gradual y Argentina defiende protección industrial, el avance se vuelve difícil. Si Argentina busca flexibilizar acuerdos externos y Brasil prefiere sostener la negociación conjunta, la tensión reaparece.

Paraguay y Uruguay, por su parte, suelen pedir mayor flexibilidad. Para economías más pequeñas, la rigidez de una unión aduanera puede ser vista como una limitación. Necesitan acceso a mercados grandes, pero también quieren negociar oportunidades propias con otros socios. Esa tensión entre disciplina colectiva y libertad nacional atraviesa toda la historia del MERCOSUR.

A esto se suma el efecto de los cambios ideológicos de gobierno. Cada elección presidencial puede modificar la orientación del bloque. Gobiernos más proteccionistas tienden a privilegiar la defensa industrial y el mercado interno. Gobiernos más aperturistas suelen insistir en flexibilizar reglas y buscar acuerdos externos. Esa oscilación impide una estrategia de largo plazo plenamente estable.

El acuerdo con la Unión Europea y sus obstáculos

El acuerdo entre la Unión Europea y el MERCOSUR es una pieza central para entender el presente del bloque. La negociación se extendió durante décadas, con avances, pausas y resistencias. Los temas sensibles fueron numerosos: agricultura, industria, normas ambientales, compras públicas, estándares sanitarios, competencia, propiedad intelectual y acceso a mercados.

Para la Unión Europea, el acuerdo representa acceso a un gran mercado sudamericano y oportunidades para exportadores industriales, agrícolas y de servicios. Según la Comisión Europea, el acuerdo reduce aranceles para automóviles, maquinaria, productos farmacéuticos, vinos, chocolates y aceite de oliva, entre otros productos. También abre oportunidades en compras públicas y establece protecciones para indicaciones geográficas.

Para el MERCOSUR, el acuerdo ofrece acceso preferencial a un mercado de alto poder adquisitivo, especialmente para productos agroindustriales. Pero también genera temores. Sectores industriales pueden enfrentar más competencia europea. Algunos productores agrícolas europeos han expresado preocupación por la entrada de productos sudamericanos. Y los debates ambientales, especialmente vinculados a deforestación y estándares de producción, han sido una fuente constante de tensión.

La aplicación provisional del acuerdo desde mayo de 2026 no elimina todas las preguntas. La propia Comisión Europea señala que el acuerdo entrará formalmente en vigor cuando el Parlamento Europeo otorgue su consentimiento. Eso significa que, aunque la etapa comercial avanza, el proceso político e institucional sigue siendo relevante.

MERCOSUR y Alianza del Pacífico: dos lógicas distintas

El MERCOSUR suele compararse con la Alianza del Pacífico, integrada por Chile, Colombia, México y Perú. La comparación es útil porque muestra dos formas distintas de pensar la integración regional. La Alianza del Pacífico nació como una iniciativa económica orientada a la apertura, la integración con Asia-Pacífico, la movilidad de capitales y personas, y la articulación entre economías con acuerdos comerciales amplios.

El MERCOSUR, en cambio, nació con una lógica más industrial y más defensiva. Su idea central no fue solo abrir mercados, sino construir una unión aduanera con arancel externo común y política comercial coordinada. Esa diferencia explica muchas tensiones. Mientras la Alianza del Pacífico ha proyectado una imagen de flexibilidad y apertura, el MERCOSUR ha sido percibido como más institucional, más pesado y más proteccionista.

Pero la comparación no debe simplificarse. La Alianza del Pacífico también ha enfrentado desafíos políticos y ritmos irregulares. El MERCOSUR, por su parte, tiene una base productiva, agrícola, industrial y territorial de enorme peso. Uno no representa automáticamente la modernidad y el otro el atraso. Representan modelos distintos de inserción internacional.

La pregunta de fondo es qué tipo de integración necesita América Latina. Una integración puramente abierta puede dejar sectores vulnerables expuestos a competencia externa. Una integración demasiado defensiva puede terminar aislando a las economías y reduciendo incentivos para innovar. El desafío es encontrar un equilibrio entre escala regional, competitividad, protección razonable y apertura inteligente.

El lugar del MERCOSUR en la geopolítica actual

El MERCOSUR importa porque América Latina vuelve a ser un espacio relevante en la competencia económica global. China es un socio comercial central para varios países sudamericanos. Estados Unidos sigue siendo una potencia económica y política con influencia hemisférica. La Unión Europea busca diversificar alianzas, asegurar acceso a materias primas, fortalecer cadenas de suministro y sostener vínculos con democracias y economías emergentes.

En ese tablero, el MERCOSUR tiene valor por su escala. Reúne economías con capacidad agroindustrial, recursos energéticos, minerales, agua, alimentos, industria, biodiversidad y mercados internos relevantes. Para actores externos, negociar con el bloque puede ser más eficiente que negociar país por país. Para los países miembros, actuar juntos puede aumentar su capacidad de obtener mejores condiciones.

Sin embargo, la escala no basta. El poder de negociación depende también de la coherencia interna. Un bloque dividido, lento o imprevisible reduce su atractivo. Un bloque capaz de sostener reglas claras, coordinar posiciones y cumplir compromisos puede ganar influencia. Esa es la diferencia entre tener tamaño y tener poder.

El acuerdo con la Unión Europea muestra las dos caras del MERCOSUR. Por un lado, evidencia que el bloque sigue siendo relevante. Por otro, muestra cuánto cuesta cerrar acuerdos cuando existen diferencias internas, resistencias sectoriales y presiones políticas externas. La integración regional no es una fotografía de presidentes firmando documentos. Es una arquitectura de reglas que debe sobrevivir a gobiernos, crisis y ciclos económicos.

Los retos de la próxima década

El primer reto del MERCOSUR es completar mejor su propia integración. Mientras existan demasiadas excepciones, barreras internas y diferencias regulatorias, el mercado común seguirá siendo una aspiración parcial. No se trata de eliminar toda flexibilidad, porque las economías son distintas, pero sí de reducir la incertidumbre que enfrentan empresas, inversionistas y productores.

El segundo reto es modernizar su agenda. La integración del siglo XXI no puede limitarse a aranceles. Debe incluir comercio digital, servicios, infraestructura, energía, logística, normas ambientales, cadenas de valor, innovación, datos, talento y movilidad laboral. Un bloque que solo discute bienes industriales y agrícolas corre el riesgo de quedarse atrapado en una economía del pasado.

El tercer reto es manejar la relación entre los países grandes y pequeños. Brasil y Argentina no pueden actuar como si el bloque fuera únicamente una extensión de sus prioridades nacionales. Paraguay y Uruguay necesitan sentir que la integración amplía oportunidades, no que las restringe. Si los miembros menores perciben que el bloque limita su margen externo sin compensaciones suficientes, la presión por flexibilizarlo aumentará.

El cuarto reto es sostener una política externa comercial más coherente. El mundo se mueve hacia bloques, acuerdos selectivos, cadenas de suministro regionalizadas y competencia por recursos estratégicos. El MERCOSUR necesita decidir si quiere ser un actor de negociación global o un espacio defensivo de administración interna. Puede ser ambas cosas hasta cierto punto, pero no puede quedar indefinidamente atrapado en la ambigüedad.

El quinto reto es político. La integración exige continuidad. Si cada cambio de gobierno redefine prioridades, bloquea acuerdos o reabre discusiones básicas, el MERCOSUR pierde credibilidad. La región necesita instituciones que no dependan exclusivamente del ánimo ideológico del momento.

Por qué no es una Unión Europea sudamericana

Comparar el MERCOSUR con la Unión Europea puede ayudar a explicar ciertas ideas, pero también puede confundir. Ambos son proyectos de integración regional, pero su profundidad institucional es muy distinta.

La Unión Europea tiene instituciones supranacionales mucho más desarrolladas, un derecho comunitario más fuerte, un mercado interior más avanzado, políticas comunes amplias y, en parte de sus miembros, una moneda compartida. El MERCOSUR, en cambio, funciona principalmente mediante coordinación intergubernamental. Sus decisiones dependen de consensos entre gobiernos y de la incorporación de normas en los ordenamientos internos.

El MERCOSUR tampoco tiene el mismo nivel de integración física, financiera, laboral o regulatoria. No existe una política monetaria común, ni una ciudadanía regional equivalente a la europea, ni una capacidad presupuestaria comparable. Presentarlo como una versión sudamericana de la Unión Europea sería exagerado.

Pero esa diferencia no lo vuelve irrelevante. América Latina no necesita copiar mecánicamente el modelo europeo. Necesita construir mecanismos adecuados a su propia realidad: economías desiguales, instituciones nacionales heterogéneas, prioridades productivas distintas y una historia política marcada por cambios frecuentes de rumbo.

La importancia educativa de entender el MERCOSUR

Entender el MERCOSUR permite comprender mejor a América Latina. El bloque resume muchas de las tensiones de la región. Muestra la necesidad de integrarse, pero también la dificultad de hacerlo. Expone la importancia de ampliar mercados, pero también el temor de abrir demasiado rápido. Revela el peso de Brasil y Argentina, pero también las demandas de los países más pequeños. Demuestra que la geografía puede acercar economías, pero no reemplaza la necesidad de reglas, confianza e instituciones.

El MERCOSUR también enseña que la integración no es un estado final, sino un proceso. No se alcanza de una vez. Se construye, se corrige, se estanca, retrocede y vuelve a avanzar. Sus errores no anulan sus logros. Sus logros no esconden sus limitaciones.

En un mundo más fragmentado, donde las potencias compiten por influencia, suministros, alimentos, energía y mercados, América Latina tiene incentivos para coordinarse mejor. Ningún país sudamericano, actuando solo, tiene el peso de China, Estados Unidos o la Unión Europea. Pero varios países coordinados pueden negociar desde una posición más sólida.

El problema es que la integración regional exige disciplina. No basta con discursos sobre unidad latinoamericana. Se requieren carreteras, puertos, aduanas eficientes, reglas compatibles, confianza política, instituciones técnicas, financiamiento, visión productiva y voluntad de largo plazo.

Una promesa todavía abierta

El MERCOSUR sigue siendo relevante porque expresa una pregunta que América Latina no ha terminado de responder: cómo integrarse sin perder autonomía, cómo abrirse sin destruir capacidades productivas, cómo proteger sin aislarse y cómo negociar con el mundo sin fragmentarse internamente.

Su historia combina avances reales, promesas incumplidas y oportunidades aún disponibles. Ha sido útil para ampliar comercio, sostener diálogo político y proyectar al bloque hacia acuerdos externos. También ha sido lento, contradictorio y vulnerable a los cambios políticos nacionales.

La conclusión más honesta es que el MERCOSUR no debe ser idealizado ni descartado. Es una herramienta. Su valor depende de cómo se use. Puede ser una plataforma para aumentar la escala económica de sus miembros, negociar mejores acuerdos y construir cadenas regionales de valor. También puede convertirse en una estructura pesada si no moderniza sus reglas, reduce sus barreras internas y adapta su agenda a la economía contemporánea.

A más de tres décadas de su creación, el MERCOSUR sigue siendo una de las apuestas más ambiciosas de América Latina. No porque haya cumplido plenamente su promesa, sino porque esa promesa sigue pendiente: construir una región capaz de comerciar mejor consigo misma, negociar con más fuerza frente al mundo y convertir la cercanía geográfica en verdadera capacidad económica.

Tags: Mercosur
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